martes, 28 de agosto de 2018

¿Me creerías si te digo que descubrí que el universo nació desde tu ombligo?


Te echo de menos ¿sabes?, desde el día que te escurriste de la cama como quien escapa de un captor, de un asesino, de un mal polvo.
Te echo de menos, mucho más que a ese traidor que me latía en el pecho y decidió el perseguirte... el irse contigo.
Echo de menos tu foto en el teléfono y ese mensaje de “escribiendo” que he bloqueado porque no soy tan fuerte como tu. Porque yo no puedo ver tu foto sin querer zambullirme en ella con las con las prisas y la necesidad del náufrago que se encuentra una tabla en  medio del océano o del sediento que se encuentra una Coca-Cola mientras pasea en el desierto.
Te echo de menos desde la última vez que me miraste diferente, que me hablaste diferente, que me tocaste diferente.
Te echo de menos desde el segundo en el que me di cuenta de que ya no me querías, que ya no te gustaba, de que ya no me sentías.
Te echo de menos desde que comencé a sangrar no sé de qué órgano, no se de que vena, de no se que recuerdo pero que gotea ríos mientras yo intento caminar, avanzar, alejarme.
Te echo de menos desde que comencé a llorar y convertí mi departamento en un océano de agua salada en donde flotan mis sueños, mis deseos, mi futuro, mis esperanzas.
Pero ¿qué sabes tú de extrañar si nunca has pasado un día lejos de ti?,
¿Qué sabes de necesitar, si nunca te ha faltado tu beso, tu palabra, tu consejo?
¿Qué sabes tú de magia, de vida y de ser feliz, si nunca te has visto dormir, soñar, babear en la almohada?
¿Qué sabes de soledad si te tienes, si te tocas, si te sientes, si te abrazas?
¿Qué sabes de dolor, de desamor, de olvido, si nunca caminaste descalzo sobre afilados fragmentos de los cristales rotos de mis recuerdos contigo?
¿Qué sabes de frustración, amor, si nunca te enfrentaste a la certeza de que contigo nada puede ser y que sin ti... nunca nada ha funcionado?

sábado, 25 de agosto de 2018

He pensado muchas veces el rodearle con mis piernas, convertirlas en razones que le obliguen a quedarse...


Creo que siempre fui una rara, desde pequeña era la que tragaba libros, la que soñaba con encontrar el amor...
...Y lo encontré, claro que lo encontré. Y no uno, sino varios. El problema es que todos y cada uno de ellos le pertenecía a alguien más.
Me acostumbré a ser la tercera. La que no sale en la foto. La que se esconde y esconden. La que espera por horas o por días, una palmadita y un beso en la frente, como si mereciera un premio de consolación. Esa a la que le hacen el amor, pero sin amor.
Big y yo tenemos mucho de eso, hacemos el amor yo “con” y él “sin” amor. No me quejo, creo que si hay alguien que sabe con certeza el cómo funciona mi cuerpo, ese ser es Mr Big.
Big tiene la habilidad de someterme y créanme, si hay una característica que en este mundo yo no poseo, es el ser sumisa. ¿Por qué lo soy con él?, supongo que una respuesta acertada sería “porque estoy enamorada”, pero jamás fue esa una razón que me sometiera y he estado enamorada muchas veces en el pasado.
Me lo he cuestionado mil veces y he llegado a la conclusión de que Big tiene algo que logra someter a cualquiera que entre en su órbita. Es extraño, pero cuando entra a un lugar, todo comienza a girar en torno a él. Mi conclusión es que Big tiene su propio campo de gravedad.
Si me hicieran describirlo, sólo diría “perfecto”, porque es la verdad, un hecho tangible, porque así es.
Sus ojos, por ejemplo, a simple vista parecen oscuros, opacos, pero si te detienes un segundo, te das cuenta de que son completamente verdes, con manchitas amarillas por el borde de una pupila que en este momento estaba casi completamente dilatada. Me dejé engañar con que estaba así, porque le gustaba lo que tenía en frente, es decir, yo. Pero la oscuridad de la habitación me susurró al oído que en realidad era ella la que provocaba esa reacción.
Si lo pienso bien, Big y yo hemos estado pocas veces en una cama. Supongo que no más de 6 o 7, lo que no sería extraño si en esta relación no llevásemos un poco más de 5 años y una vida sexual tan intensa como lo permite su agenda. Si lo dudan, pueden preguntar a un negro y cómodo sillón en su oficina o a varios espacios de la mía.
Recuerdo que una vez me dijo que no le gustaba la idea de llevarme a un motel, jamás me atreví a preguntar el por qué, creo que después de todos estos años, aun no quiero saber esa respuesta. La ignorancia es la felicidad, dicen los sabios.
Había viajado en un bus durante más de 3 horas para estar ahí. Y odio los buses, con toda el alma. No lo se, supongo que es una mezcla de la sensación de tener un cuerpo extraño rosando mi lado y el estar encerrada con 40 personas totalmente desconocidas, todas respirando el mismo y escaso aire.
El tenerlo en frente en ese momento, con los ojos medio dormidos, recién duchado y completamente desnudo eligiendo una camisa después de reponerse de un orgasmo, valía mil kilómetros de viaje más.
Me quedé quieta observando un espectáculo que antes nunca había presenciado. Estaba atenta y entretenida, como si verlo secarse los dedos de los pies con los calcetines mientras me hablaba de algo que no recuerdo, fuese un soliloquio de Darín en una función exclusiva para mi. Fascinante... como todo en él.
Observé cada movimiento de sus dedos, tan torpes para cosas que parecen simples y tan diestros en mi entrepierna. Mientras abrochaba sus pantalones junté los muslos. Un reflejo supongo, cada vez que pienso en sus dedos y en el cierre de su pantalón, mi cuerpo me obliga a lo mismo.
Guarde en mi memoria cada movimiento hasta que salió de la habitación. Es un hábito en mí. Una “amante” puede ser descartada en cualquier momento, a cualquier hora y en cualquier lugar, es decir, una amante no puede poner su confianza en el hecho de que tendrá tiempo. Cada minuto vivido es un minuto que no se repetirá y que jamás volverá.
Comparo este tipo de amor, con la vida de un condenado a muerte. No existe un minuto que se pueda desperdiciar.
Sabía que Big volvería, después de todo, él había venido a esa ciudad no por mi, si no por trabajo. Y eso es algo que Big hace incansablemente. Trabajar.
Me levanté de la cama y aproveché para bajar al restaurant del hotel a comer algo... No podía decidir si ser feliz o delgada. Me reí bajito, delgada no estoy, así que sólo me quedaba el ser feliz. Una hora y un lomo a lo pobre a medio digerir más tarde, yo estaba duchada, con pijama, en una habitación ordenada y una cama que no evidenciaba haber tenido uso previo. 
Soy compulsivamente ordenada, me cuesta descansar si siento que hay algo fuera de su lugar, aunque sea una estupidez. Supongo que se lo debo a una no insignificante lista de enfermedades mentales que incluyen TEA, Bipolaridad, e innumerables TOC.
Me hice un mapa mental de lo que pasaría, un modo que tengo de no generarme expectativas que me puedan decepcionar, un modo medianamente efectivo de proteger a mi corazón supongo.
Me acomode en la cama para leer una novela medio estúpida, totalmente predecible acerca de una pareja que obviamente llegarían a casarse y ser felices... por siempre. Es extraño que nos vendan cuentos de hadas aun siendo adultas. Sólo cambian un poco los personajes. El príncipe no es perfecto, está roto en algún sentido emocional pero siempre es increíblemente guapo y viril, millonario también es una de sus características. Ella es un poco estúpida, sumisa y virgen. Inteligente, poco astuta y pobre.
Él la convierte en una máquina de sexo y ella lo salva de todos sus demonios. ¡Puag!, estoy harta de que me regalen estas novelas. Entre estas y las de Corin Tellado, prefiero a Corin, al menos había misterio y sufrimiento casi real. En estas sólo se describe un sexo bastante pobre y machista en realidad ¿qué es eso de que las mujeres llegamos al orgasmo solo con bombeo? Tenemos clítoris ¿saben? Y un punto dentro de la vagina al que, si se le estimula debidamente, te hace explotar...
... Ese precisamente era el punto que Big estimulaba después de volver de su cena de trabajo. Yo estaba humedecida, caliente y lista para el tercer orgasmo en forma casi simultanea. Dicen que todas las mujeres tenemos el potencial para ser multi-orgasmicas, pero que sólo algunos hombres logran descifrarlas y llevarlas hasta su máximo potencial. Pues Big me descifró, me lee como a un libro de niños y me lleva al orgasmo con la habilidad de un relojero suizo una y otra y otra vez antes de buscar su propio final.
Siempre me ha parecido algo injusto, pero no es mucho lo que una mujer puede llegar a hacer en esos temas. De todos modos, intento compensarlo cada vez que quiere arrodillada frente a él. Nunca ha sido un sacrificio (se que a muchas las felaciones no les va) a mi me apasiona el lamer, chupar, succionar y tragar. Lo disfruto creo que tanto como él.
Su final esa noche llego conmigo sobre él, con su erección dentro de mi, mientras apretaba mi vagina a su alrededor retorciéndome en mi propio placer y en esas descargas que te contraen los nervios llevándote hasta el centro de esa parte dentro de ti que cae y no deja de caer y caer. Cuando la calma llegó me recosté a su lado, él no se movió y en un minuto su respiración, antes agitada se acompasó.
No son muchas las veces en las que puedo ver dormir a Big y es una de las cosas que más me gusta.
Verlo ahí, indefenso y expuesto, ajeno a todo el mundo a su alrededor me produce ternura y paz. Con los ojos cerrados al mundo y los labios entreabiertos parece más joven, menos duro quizá y más inocente también.
Me quedé ahí, mirándolo, memorizándolo, intentando imaginar hasta dónde es que me llevará todo esto. No soy estúpida y se que nadie puede ir a vivir con el diablo sin pagar las consecuencias, terribles consecuencias. Me pregunté el qué puede ser peor que el saber que ese hombre que ahora dormía tranquilo y relajado a mi lado no era mi hombre, que ni siquiera me quiere, al menos no del modo en el que yo lo quiero a él.
La respuesta llegó sola una hora después y me pegó como un ariete. Big despertó de repente, miró la hora en su celular y saltó de la cama. Con las prisas del que huye o se esconde, en menos de un minuto estaba perfectamente vestido. No dije nada, aun no lograba reponerme del golpe y del estallido de la burbuja en la que hace poco me encontraba. Si me dijo algo, no lo recuerdo, solo tomé mi propio teléfono y respondí a un mensaje sin importancia. Esas cosas mecánicas que una hace cuando está medio en shock. Big rodeó la cama, me preguntó si estaba bien a lo que creo que asentí, me dio un beso en la frente y se fue. Me quedé varios minutos mirando a la puerta cerrada ¿que es lo que había hecho mal? Repasé toda la noche (en este caso 3 horas) y no encontré nada que pudiese ser usado en mi contra. La respuesta llegó sola nuevamente... Para Big yo soy de esas personas que se llevan a la cama, pero  con las que no se duerme. Suspiré, me abracé a la almohada en la que había descansado su sueño, aún estaba tibia y tenía su olor. La apreté con fuerza, me di las buenas noches e intenté dormir. 


martes, 14 de agosto de 2018

Aprendí a cerrar los labios cuando estás dentro de mí, para que al corazón no se le escapen los sollozos que se acumulan cuando faltas.





Si me preguntaran por algo que en la vida no me gusta, creo que tendría que hablar del crepúsculo, el ocaso. Me apena, me espanta, porque cada ocaso predice un final. No importa lo maravillosamente perfecto que haya sido ese día, no importan los besos, las caricias, los buenos momentos... no importa cuán querida me haya sentido... el ocaso llega para recordarme que jamás volveré a estar ahí, con él, en ese lugar, en ese momento, en esa cama, en esa burbuja de besos que construí para los dos.
Creo que esa es la relación que Mauricio y yo tenemos, una seguidilla de ocasos que se entremezclan unos con otros formando una cadena que, irremediablemente, un día se cortará. ¿Qué será de mí después del último? ¿Qué será de mí cuando mi mano se aferre al vacío y la de él a la de alguien más?
Hay veces en las que pienso que es mejor cortarme la cabeza y dejarla descansar tranquila entre sus dedos, y así, por fin, no pensar en nada más.
Pero la idea vuelve, con fuerza, con miedo, con dolor.
Me convertiré, irremediablemente, en la mitad de algo que nunca pasó, que nunca fue una historia... sin testigos, sin fotografías, sin una cama que la extrañe, sin una lámpara, sin un estante, sin un sofá, sin una manta, sin canción, sin película, sin nada más que un gemido y los trozos esparcidos, solos, rotos, del que late en mi pecho pero que jamás me perteneció.
Hubo quien una vez me preguntó el porqué. Por qué me quedo con un amor a medias pudiendo tener uno completo con fotos para Facebook, con caminar de la mano por la playa, con casa, perro, gato y flores para regar. Con futuro, con cine, con cenas, con algo o qué celebrar.
Lo pensé, claro que lo pensé. Pero concluí que quizá yo soy el par que no tiene realmente un par, como un calcetín esperando en el tendedero al que la lavadora se tragó y que no devolverá.
Supongo que lo extraño es que, aunque de esto jamás me quedará nada, esa nada es para mí la completa felicidad.
Lo elijo, elijo a Mauricio todos los días desde hace varios años ya y jamás, jamás me ha quedado otra sensación que la de ganar.
Quisiera saber, si es que aún me quedara vida después de perderle. Junto al que en mi pecho late en silencio, elegir la mitad de una historia sigue siendo mi elección, una elección que, paradójicamente, me llena de una extraña y profunda felicidad. La incertidumbre del mañana se mezcla con el éxtasis del presente, y mientras la carretera desaparece bajo mi auto, me pregunto si en la penumbra encontraré una nueva historia que contar, o si, quizás, la nada se convertirá en el eco eterno de una historia que jamás existió.