martes, 14 de agosto de 2018

Aprendí a cerrar los labios cuando estás dentro de mí, para que al corazón no se le escapen los sollozos que se acumulan cuando faltas.





Si me preguntaran por algo que en la vida no me gusta, creo que tendría que hablar del crepúsculo, el ocaso. Me apena, me espanta, porque cada ocaso predice un final. No importa lo maravillosamente perfecto que haya sido ese día, no importan los besos, las caricias, los buenos momentos... no importa cuán querida me haya sentido... el ocaso llega para recordarme que jamás volveré a estar ahí, con él, en ese lugar, en ese momento, en esa cama, en esa burbuja de besos que construí para los dos.
Creo que esa es la relación que Mauricio y yo tenemos, una seguidilla de ocasos que se entremezclan unos con otros formando una cadena que, irremediablemente, un día se cortará. ¿Qué será de mí después del último? ¿Qué será de mí cuando mi mano se aferre al vacío y la de él a la de alguien más?
Hay veces en las que pienso que es mejor cortarme la cabeza y dejarla descansar tranquila entre sus dedos, y así, por fin, no pensar en nada más.
Pero la idea vuelve, con fuerza, con miedo, con dolor.
Me convertiré, irremediablemente, en la mitad de algo que nunca pasó, que nunca fue una historia... sin testigos, sin fotografías, sin una cama que la extrañe, sin una lámpara, sin un estante, sin un sofá, sin una manta, sin canción, sin película, sin nada más que un gemido y los trozos esparcidos, solos, rotos, del que late en mi pecho pero que jamás me perteneció.
Hubo quien una vez me preguntó el porqué. Por qué me quedo con un amor a medias pudiendo tener uno completo con fotos para Facebook, con caminar de la mano por la playa, con casa, perro, gato y flores para regar. Con futuro, con cine, con cenas, con algo o qué celebrar.
Lo pensé, claro que lo pensé. Pero concluí que quizá yo soy el par que no tiene realmente un par, como un calcetín esperando en el tendedero al que la lavadora se tragó y que no devolverá.
Supongo que lo extraño es que, aunque de esto jamás me quedará nada, esa nada es para mí la completa felicidad.
Lo elijo, elijo a Mauricio todos los días desde hace varios años ya y jamás, jamás me ha quedado otra sensación que la de ganar.
Quisiera saber, si es que aún me quedara vida después de perderle. Junto al que en mi pecho late en silencio, elegir la mitad de una historia sigue siendo mi elección, una elección que, paradójicamente, me llena de una extraña y profunda felicidad. La incertidumbre del mañana se mezcla con el éxtasis del presente, y mientras la carretera desaparece bajo mi auto, me pregunto si en la penumbra encontraré una nueva historia que contar, o si, quizás, la nada se convertirá en el eco eterno de una historia que jamás existió.

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