Te echo de menos ¿sabes?, desde el día que te escurriste
de la cama como quien escapa de un captor, de un asesino, de un mal polvo.
Te echo de menos, mucho más que a ese traidor que me latía
en el pecho y decidió el perseguirte... el irse contigo.
Echo de menos tu foto en el teléfono y ese mensaje de “escribiendo”
que he bloqueado porque no soy tan fuerte como tu. Porque yo no puedo ver tu
foto sin querer zambullirme en ella con las con las prisas y la necesidad del
náufrago que se encuentra una tabla en medio del océano o del sediento que
se encuentra una Coca-Cola mientras pasea en el desierto.
Te echo de menos desde la última vez que me miraste
diferente, que me hablaste diferente, que me tocaste diferente.
Te echo de menos desde el segundo en el que me di cuenta
de que ya no me querías, que ya no te gustaba, de que ya no me sentías.
Te echo de menos desde que comencé a sangrar no sé de qué
órgano, no se de que vena, de no se que recuerdo pero que gotea ríos mientras yo
intento caminar, avanzar, alejarme.
Te echo de menos desde que comencé a llorar y convertí mi
departamento en un océano de agua salada en donde flotan mis sueños, mis deseos,
mi futuro, mis esperanzas.
Pero ¿qué sabes tú de extrañar si nunca has pasado un día
lejos de ti?,
¿Qué sabes de necesitar, si nunca te ha faltado tu beso, tu palabra, tu consejo?
¿Qué sabes tú de magia, de vida y de ser feliz, si nunca
te has visto dormir, soñar, babear en la almohada?
¿Qué sabes de soledad si te tienes, si te tocas, si te
sientes, si te abrazas?
¿Qué sabes de dolor, de desamor, de olvido, si nunca
caminaste descalzo sobre afilados fragmentos de los cristales rotos de mis recuerdos contigo?
¿Qué sabes de frustración, amor, si nunca te enfrentaste
a la certeza de que contigo nada puede ser y que sin ti... nunca nada ha
funcionado?
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